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Vivir de Jesús: Jesús nos dice en el Evangelio de San Juan:
"El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto, porque separados
de mí, no podéis hacer nada" (San Juan 15,5). Sólo si vivimos unidos
fuertemente a Jesús seremos capaces de vivir la Regla de Aspirantes.
La Eucaristía: Jesús quiso quedarse entre
nosotros en este Sacramento de Amor. Por eso, recibiéndolo con frecuencia, Él
alimentará nuestra vida y nos dará fuerzas para vivir como amigos suyos. Recordemos
tambíén que Él está siempre presente en el Sagrario y por lo tanto debemos visitarlo
y hablarle de nuestras cosas.
La Palabra de Dios: En la Sagrada Escritura
es Dios mismo quien nos habla y nos "alimenta" con su palabra.
Entonces, para cumplir el Gran Compromiso, tenemos que leer, meditar y vivir
la Palabra de Dios.
Ser primero en el esfuerzo por amor a Cristo Rey:
Jesús no nos quiere mediocres. Él nos pide que lo demos todo. No sabemos si
seremos los mejores, pero sí que tenemos que entregarnos de todo corazón. Jesús,
nuestro amigo, mira nuestro interior y allí tiene que ver el esfuerzo que realizamos
para cumplir con nuestras obligaciones y vivir en su amistad. Es por eso que
en su casa, con nuestros amigos, en el colegio, o en cualquier lugar, tenemos
que manifestar nuestro amor a Jesús.
Ser servicial: Jesús nos dice: "No
he venido para ser servido, sino para servir" (San Mateo 20,28). Tomando
su ejemplo, debemos acudir presurosos ante las necesidades de nuestros padres,
hermanos, amigos o personas cercanas, sirviéndolos siempre con humildad y alegría.
Ser apóstol: Jesús nos dice: "Como
el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes" (San Juan 20,21).
Jesucristo entregó a la Iglesia la misión de evangelizar, es decir anunciar
el Evangelio a todos los hombres, para que todos puedan conocerlo, amarlo y
seguirlo. La Acción Católica tiene como fin el mismo que tiene la Iglesia.
Este anuncio de Jesús lo debemos realizar de dos modos. Por
una parte, tenemos que dar testimonio de Él con nuestra conducta, de manera
que quien nos vea, lo reconozca; y por otra, anunciar con la palabra el Evangelio
del Señor.
Ser generoso: Dios nos ha dado gratuitamente
la vida, la capacidad de pensar y amar, el sustento del cuerpo y el alma, todas
las personas que tratamos diariamente y las cosas que utilizamos. Debemos estar
profundamente agradecidos por el amor que Dios nos manifiesta en todos estos
dones. Si todo cuanto somos y tenemos lo hemos recibido como un regalo divino,
debemos ser generosos al compartir nuestros bienes con los hombres y al poner
nuestros dones a su servicio. Tengamos en cuenta que no importa la cantidad
de cosas que podamos dar a nuestro prójimo, sino la generosidad con que lo hagamos.
Ser buen hijo: Nuestros padres son quienes
nos dieron la vida y nos ayudan a crecer física, intelectual y espiritualmente,
por lo tanto, debemos cumplir con alegría y generosidad el mandamiento que dice:
"Honrarás a tu padre y a tu madre". En nuestras familias,
pequeñas "iglesias domésticas" tenemos que esforzarnos para ser imágenes
del Niño Jesús junto a María y a José.
Ser obediente: Jesús nos enseña: "No
he venido a hacer mi voluntad, sino la de aquél que me envió" (San
Juan 6,38). Él mismo "fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz"
(Filipenses 2,8). También nosotros debemos obedecer a Dios que nos habla
a través de la Biblia, de los Pastores (el Papa, los Obispos y los Sacerdotes),
de nuestros padres, maestros y delegados, pues ellos nos educan y nos enseñan
el camino hacia el cielo.
Ser buen amigo: Jesús nos dice: "Ya
no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su Señor; yo
los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre"
(San Juan 15,15). Jesús es nuestro gran amigo. Así como Jesús nos recibe, ama
y se entrega por nosotros, mostrándonos el camino hacia el Padre; también nosotros
tenemos que aprender a ser buenos amigos, en las buenas y en las malas, compartiendo
y ayudando siempre.
Ser leal: En toda nuestra vida Jesús está
siempre con nosotros, por eso no debemos comportarnos como cristianos sólo en
la parroquia, sino que en casa, en el barrio, o en cualquier lugar, nuestra
conducta tiene que manifestar que somos seguidores de Cristo. Ser cristiano
no significa ponernos un "disfraz" cuando vamos a Misa o a la reunión,
para sacárnoslo luego. Eso no es lealtad, sería falsedad. Si queremos ser leales
a Cristo, debemos vivir plenamente la Vida Nueva que nos dio en el Bautismo,
dando testimonio de Él en todo momento para que los hombres lo reconozcan en
nuestro ejemplo.
Amar la naturaleza: Todas las cosas que
existen salieron de las manos de Dios y son signos de su infinito poder y su
gran amor por los hombres. Dios entregó al hombre todo lo creado, para que éste
lo utilice en su beneficio y domine a la tierra como una rey. Debemos cuidar
con mucho cariño la naturaleza, pues ella, siendo huella del amor de Dios, a
Él nos conduce.
Ser alegre: Somos Hijos de Dios y sabemos
que Jesús nos salvó y nos guía permanentemente en nuestro camino. Por eso debemos
decir, con la Virgen María "Mi alma canta la grandeza del Señor y mi
espíritu se alegra en Dios, mi salvador" (San Lucas 1,46). Si estamos
unidos a Dios nunca estaremos tristes, aún en medio del dolor, porque sabemos
que Él, nuestro Padre, nos cuida y nos protege.
Jesús:
Él es nuestro Amigo, nuestro Hermano, nuestro Señor y nuestro Rey. Es Dios mismo
que se hizo hombre para darnos una nueva vida, la de Hijos de Dios. Es quien
nos guía con su palabra, nos sana con su perdón y nos alimenta con su Cuerpo
y Sangre de Vida. Sólo seremos buenos cristianos so aprendemos a conocerlo con
entusiasmo y amarlo con amor sincero, para poder servirlo durante toda la vida.
De esta manera podremos decir con San Pablo: "Ya no soy yo quien vive,
sino que es Cristo quien vive en mí" (Gálatas 2,20).
La Virgen María: Ella es la Madre de Jesús
y también es nuestra Madre. La Santísima Virgen María siempre fue, por propia
voluntad, la "Esclava del Señor". Cuando el Ángel Gabriel
le anunció que sería Madre de Jesús, ella aceptó con humildad y sencillez de
corazón, gracias a la fuerza de su fe. Al enterarse de que su prima Isabel la
necesitaba, corrió a su encuentro para entregarse a cuidarla y a transmitirle
el gozo de la salvación hecha carne en su seno. En las Bodas de Caná, mientras
todos se divertían, ella estaba pendiente de los jóvenes esposos que se quedaron
sin vino para los invitados. Bajo la Cruz, soportó dolorida y resignada la inmolación
de su Hijo y recibió de sus labios, en su corazón, la maternidad sobre todos
nosotros. Nosotros debemos recurrir continuamente a Nuestra Madre del Cielo,
imitar sus virtudes, dejar que ella nos guíe e invocar su intercesión. Así,
María, Estrella de la Evangelización, nos enseñará a vivir como eficaces
mensajeros de la Palabra de Dios.
La Iglesia: San Agustín decía que la Iglesia
es "Signo y presencia de Cristo en la tierra". Es en ella
donde recibimos, por la acción del Espíritu Santo, la salvación que trajo Jesús.
No podemos amar a Cristo sin amar a la Iglesia, pues ella es su "Cuerpo
Místico", que atesora y distribuye a los hombres los frutos de la
redención. Cristo quiso que la Iglesia Peregrina estuviese formada por el Papa,
los Obispos, los Sacerdotes y los Fieles, como distintos miembros de un sólo
cuerpo. Ella está guiada, aquí en la tierra, por los Pastores (el Papa, los
Obispos y los Sacerdotes) que, llamados por Cristo e iluminados por el Espíritu
Santo, nos conducen al Cielo.
La Familia: Dios nos entregó la vida por
medio de nuestros padres, quienes nos aman, protegen y educan; y nos pide que
correspondamos a ese amor con generosidad, amándolos, obedeciéndolos y honrándolos
en todo momento. Debemos amar a nuestras familias como Jesús amo a la suya,
allá en Nazareth, para que pueda ser una "Iglesia Doméstica".
La Patria: Si bien sabemos que para el cristiano
la definitiva patria es la celestial, el Señor nos ha hecho nacer en un determinado
lugar, la tierra de nuestros padres, a la que debemos amar y respetar. El amor
a la patria es un sentimiento precioso que se manifiesta diariamente en el estudio,
en el trabajo y en el respeto a nuestras tradiciones cristianas. El católico
que ama a su patria y se esfuerza por su bienestar, vive ante los ojos de los
hombres como un signo de la paz y el amor del Reino de Cristo.
Jesús y la Virgen María: Nuestro principal modelo no
puede ser otro que Jesús. Él es la imagen de Dios Padre hecha hombre, y nos
pide que seamos como Él: "Manso y humilde de corazón" (San
Mateo 11,29). También la Virgen María es modelo perfecto de fe inconmovible,
esperanza a toda prueba y caridad sin límites. Ella, con su íntima participación
en el misterio redentor de Cristo, nos muestra el verdadero camino que conduce
a Dios.
Tu ángel custodio: Todos tenemos
un ángel guardián, a quien Dios le asignó la misión de acompañarnos permanentemente
y protegernos en los momentos de peligro. Él habla a nuestra conciencia indicándole
cuál es el camino querido por Dios, y advirtiéndole cuando obra bien y
cuando mal. Debemos ser buenos amigos de nuestro Ángel Custodio, escuchando
sus consejos y pidiéndole su protección por medio de la oración.
Los Santos: Ellos fueron hombres como nosotros,
que en su vida cumplieron la voluntad de Dios, vivieron como amigos de Jesús
y ahora moran en la Iglesia Triunfante, es decir junto a Dios. Son nuestros
modelos, nuestros amigos e interceden por nosotros. Por eso es importante que
nos unamos a ellos en la Oración, pidiéndoles su intercesión, y que nos esforcemos
en reconocer sus vidas para imitar sus virtudes.
El Papa, los Obispos y los Sacerdotes: A
ellos Jesús les confió la misión de guiar al Pueblo de Dios. No fueron ellos
quienes se eligieron, sino que fue el mismo Jesús quien dispuso que enseñaran,
santificaran y guiaran a la Iglesia, bajo la acción del Espíritu Santo, hacia
el Reino Celestial. Todos los cristianos, y especialmente los miembros de la
Acción Católica, debemos conocer y practicar lo que Dios nos enseña a través
de nuestros Pastores, y ayudarlos con nuestro servicio, obediencia y oración.
Es muy importante que tengamos un Director Espiritual, es decir, un Sacerdote
con el que hablemos frecuentemente de nuestra vida interior, para que nos ayude
a caminar por esta tierra siguiendo la senda que Jesús dejó.
Tus padres: Ellos nos hicieron nacer a la
vida natural y porque nos aman y aman a Dios, nos bañaron en las aguas del Bautismo
para que fuéramos cristianos. Nuestros padres velan siempre por nosotros, material
y espiritualmente, aun a costa de sacrificios y privaciones. A imagen de Jesús
niño, que según nos dice el Evangelio "Vivía sujeto a sus padres"
(San Lucas 2,51), también nosotros debemos amarlos, obedecerlos y ayudarlos.
Tus amigos que aman a Jesús: Jesús, nuestro
gran amigo, nos mandó amar a todos los hombres, y el Papa Pablo VI, recordando
la enseñanza del Señor decía: "Todo hombre es mi hermano".
Un buen cristiano siempre debe amar y ayudar a su prójimo. Pero entre todos
nuestros compañeros, siempre habrá alguno que, como nosotros, ame a Jesús. Debemos
unirnos estrechamente a ellos, pues las amistades santas nos alientan en la
lucha y nos fortalecen en la debilidad. Un buen amigo siempre nos acerca a Dios.
El demonio: El demonio es un ángel que se rebeló por soberbia
al poder de Dios. Él es el auto de todo pecado, y nos incita continuamente al
mal para que no sigamos a Jesús. Siempre tenemos que apartarnos rápida y firmemente
de sus asechanzas. ¿Cómo podemos hacerlo?: uniéndonos cada día más a Jesús y
a María, por medio de la Oración y los Sacramentos.
El pecado: El pecado es obra del demonio
y el principal enemigo de nuestra salvación, por lo tanto, debemos desecharlo
totalmente de nuestras vidas. Tenemos que ser fuertes para rechazar las tentaciones
del mundo, del demonio y de la carne, y recurrir asiduamente a la Oración para
pedir a Dios que nos ayude. Si alguna vez llegáramos a caer en algún pecado,
no dudemos en acudir inmediatamente al Sacramento de la Reconciliación con un
Sacerdote, para ser perdonados por el Señor.
El egoísmo: Cuando nos amamos demasiado
a nosotros mismos, cuando nos encerramos sin abrirnos a las necesidades del
prójimo, o cuando nos creemos autosuficientes para todo, caemos con mucha facilidad
en muchos pecados. El egoísmo hace que rechacemos la ayuda de Dios, y bien sabemos
que sin Jesús nada podemos hacer.
No anunciar a Jesús por temor a las burlas:
Jesús no dice:"Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras, el
Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria.." (San
Lucas 9,25). Muchas veces ocurre que por temor a las burlas o a que se rían
de nosotros callamos nuestra condición de cristianos. Eso es como negar que
somos verdaderos hijos de Dios y amigos de Jesús. Nuestra misión consiste en
anunciar a Jesucristo a todos los hombres, sin importarnos los juicios y calumnias
con que nos ataquen. Para ser verdaderos apóstoles debemos vivir intensamente
de Jesús, de modo que nuestro obrar sea el reflejo del amor que Dios nos tiene.
También debemos anunciarlo con la palabra, hablando de Él y haciéndolo conocer.
Nunca nos avergoncemos de Aquél que dio la vida por nosotros.
Todo lo que nos aparte de Dios: En la vida
vamos a encontrarnos con muchas cosas malas que surgirán como tentaciones y
nos incitarán a pecar, y también con otras, que aunque sean buenas, al usarlas
mal, nos apartan de Dios. Sean unas u otras las que nos presenten, lo realmente
importante es alejarnos de todo lo que pueda ser una tentación que nos separe
de Jesús.
La caridad con tus compañeros:
El mismo Jesús nos dice: "En esto conocerán todos que sois mis
discípulos; si os tenéis amor los unos a los otros" (San Juan 13,35).
Debemos mostrar al mundo que somos hijos de Dios amándonos sinceramente. Los
paganos solían decir de los primeros cristianos: "Mirad como se aman".
¡ Cómo se alegraría Jesús si los hombres de hoy dijeran lo mismo de nosotros
!
Ser santo: El Concilio Vaticano
II, en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia (Nº39) nos dice: "Por
eso todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la Jerarquía, ya pertenezcan a la
grey, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol". "Porque
ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación" (Primera carta
a los Tesalonicenses 4,3). En el día de nuestro Bautismo, Dios nos hizo hijos
suyos y nos llamó a vivir muy unidos a Él, para que seamos santos.
¡ Alabado sea Jesucristo !
¡ Por siempre sea alabado !
Nuestro saludo así como debe serlo toda nuestra vida, es una
sincera y hermosa oración de alabanza a Cristo. En ella expresamos el deseo
de que el Señor sea alabado siempre y en todo lugar.
Oración, Sacrificio, Estudio y Acción:
Éste es el lema de la Acción Católica, por lo tanto, también el nuestro. Debemos
aprender a ser aspirantes orantes, pues la oración eleva almas hasta
la presencia de Dios y su misterio de amor. Debemos orar al levantarnos
y acostarnos, antes de tomar el alimento que nos sustenta, cuando vamos a estudiar
o trabajar, cuando visitamos al Santísimo o leemos la Biblia, cuando recibimos
la Reconciliación o la Eucaristía, cuando comenzamos una campaña apostólica
y en toda ocasión. Nuestra oración debe ser una actitud continua de ferviente
alabanza, alegre acción de gracias, sencilla petición y sincero arrepentimiento.
Recordemos que también la Iglesia nos pide que saludemos a la Santísima Virgen
con el "Ángelus" y contemplemos los misterios de su vida en el "Santo
Rosario". Debemos ser aspirantes que sepamos sacrificarnos por
el Gran Ideal. El sacrificio hecho por amor a un fin noble, fortifica
nuestra voluntad y nos hace cada vez más capaces para realizar actos de amor
a Dios. Quienes aspiramos a integrar las Áreas de Jóvenes y Adultos de la Acción
Católica, tenemos que considerar al estudio como una obligación muy importante.
Por medio del estudio profundizaremos cada vez más nuestro conocimiento
del mundo, del Hombre y de Dios. Este aprendizaje nos conducirá a un
mayor dominio de las cosas, una mejor comprensión de nuestros hermanos y un
amor más puro e intenso a nuestro Dios. La oración, el sacrificio y
el estudio son condiciones necesarias para poder desarrollar una acción eficaz.
La acción de un miembro de la Acción Católica es doble. Una es personal y la
realizamos en nuestros colegios, familias y grupos de amigos, por medio del
ejemplo y la palabra. La otra asociada. La labor organizada de los grupos de
la Acción Católica, permite que el apostolado sea más amplio y efectivo.
La obediencia filial al Papa, al Obispo y al Párroco:
El Papa y los Obispos componen la Jerarquía de la Iglesia. A ellos les encomendó
Cristo la misión de guía, santificar y enseñar al pueblo de Dios. Los Párrocos,
al ayudar a los Obispos en su tarea apostólica, también forman parte, por delegación
de la Jerarquía. Nuestra Institución es la que más cerca está de la Jerarquía.
Sus preocupaciones nos preocupan, sus ideales nos impulsan y su misión nos compromete.
La obediencia filial significa que debemos estar siempre dispuestos a cumplir
rápidamente, con eficacia y alegría, lo que se nos pida. El distintivo de honor
de la Acción Católica nos da la seguridad de amar, pensar y sentir como ama,
piensa y siente la misma Iglesia.
Santa Inés: Vivió en Roma alrededor
del año 300. Pertenecía a una noble familia, recibió después del bautismo, una
educación sólida y piadosa y se consagró a Jesucristo con voto de virginidad.
En una oportunidad, volviendo la niña de la escuela, el hijo del Prefecto de
Roma la vio y se enamoró de ella, ofreciéndole magníficos regalos a cambio de
su promesa matrimonial. Como Santa Inés lo rechazó, éste acudió a su padre,
el Prefecto de Roma, quien al averiguar que Inés era cristiana, la mandó a apresar
y la sometió a tormentos para que abjurase de su Fe. Inés se mantuvo firme y
finalmente murió. Su día se celebra el 21 de Enero.
San Tarcisio: Fue un niño mártir que entregó
su vida por defender de la profanación al Santísimo Sacramento. Corría el siglo
III en Roma, cuando Tarcisio fue sorprendido por los paganos cuando llevaba
la Eucaristía a los cristianos presos a causa de la fe. Fue golpeado hasta la
muerte, sin que sus atacantes pudieran apropiarse del precioso tesoro que guardaba.
Su día se recuerda el 15 de Agosto.
Rezar por todas las Áreas, especialmente los días
Jueves, en el que todos los miembros de la Áreas de Aspirantes de la Argentina
nos reunimos en la Oración.
Llevar con orgullo y alegría el distintivo de la Acción Católica
Argentina, y procurar principalmente que tu comportamiento, tus obras y toda
tu conducta estén de acuerdo con lo que él significa.
Participar de las reuniones y actividades de la Sección.
Señor, hoy me presento con toda humildad y confianza
en Ti. Quiero decirte que prometo seguir la Regla del Aspirante, para vivir
cada día como mejor cristiano, preparándome así para ser un buen miembro de
la Acción Católica, a la cual me llamaste a formar parte.
Sé que soy débil; por eso quiero pedirle a nuestra Madre
del Cielo, la Virgen María, que me lleve de su mano, para responder con generosidad
a este llamado que Dios, Nuestro Padre, me hace.
También invoco a los Santos, especialmente a Santa Inés/San
Tarcisio para que me ayuden y me protejan. Gracias, Señor, por haberme elegido.